Capítulo 1
El Testamento (1540)
Gotor, Aragón, 15 de marzo de 1540
Aquel invierno se aferró a los campos de Aragón como un perro rabioso. Un frío espeso se había instalado sobre la meseta como un ejército de ocupación, transformando los caminos de Gotor en surcos de barro helado haciendo que el aliento de los caballos se elevara en nubes blancas. El Aranda, a las afueras, apenas arrastraba un hilo de agua exhausto por el deshielo prematuro. Los viñedos, que en primavera solían ser frondosos y productivos y que habían sabido dar ese vino tinto que los nobles y los reyes bebían en sus banquetes, ahora ofrecían sarmientos retorcidos y desnudos, castigados por una helada que no se veía en años.
En el interior del palacete de Gotor, el frío se había filtrado durante semanas por los muros, acumulándose en los amplios salones y en las alcobas hasta las estancias más profundas.
Aquel fue el último día en la existencia terrenal de Francisco de la Fuente, el viajero de un tiempo lejano que un rayo parió en una playa del Caribe hacía ya 39 años. Agonizaba en sus aposentos del palacete de Gotor, rodeado de su familia; lo acompañaban sus hijos con sus respectivos esposos y esposas y un puñado de nietos. También estaba presente el Abad de San Benito el Real, quién, detrás de todos los familiares, esperaba dar consuelo espiritual en confesión y la extremaunción en el momento que fuera preciso.
Hacía ya tres lunas que la enfermedad no le daba tregua; una congestión pulmonar que se le había instalado en el pecho y le impedía seguir trabajando en los ingenios para la corte itinerante de Carlos I. El emperador, a inicios de aquel año de 1540, acababa de cruzar Francia para sofocar la revuelta de Gante tras dejar encauzadas las Cortes de Castilla.
Francisco había vuelto a duras penas, tal como lo haría el propio emperador años después, en una litera desde Valladolid tras su última visita al Monasterio de San Benito el Real. Su voluntad seguía firme pero su cuerpo, esa máquina que había resistido huracanes en el Caribe, hambre en las calles de Cádiz y el frío de las cortes londinenses, había encontrado finalmente un enemigo que no podía reparar ingenio alguno.
La cicatriz en su pecho, ese árbol en forma de rayo grabado en la piel desde aquella mañana de septiembre en la Torre Norte, seguía allí. Durante años había palpitado con un calor propio, como si la electricidad que la había formado continuara circulando por debajo de la epidermis en un circuito cerrado. Ahora, en los últimos días, había comenzado a brillar —y no metafóricamente— con una tenue línea de sudor sanguinolenta. Su hijo Mateo, que le cambiaba los vendajes y le ponía compresas para la fiebre la había advertido. En esos momentos, Mateo había visto cómo esa ramificación de líneas rojizas emitía una leve fosforescencia, casi invisible a la luz del día, pero que mirando con atención a oscuras podía notarse. Mateo, que en todo lo que concernía a su padre solía guardar un riguroso y respetuoso silencio, jamás le comentaría aquello a ningún físico o a alguno de sus hermanos. Mateo había heredado de su padre el talento para guardar bajo siete llaves lo que sólo era para sus oídos y entendimiento.
Mateo tenía treinta y un años y era el segundo hijo varón de Francisco con Doña Aldonza de Aragón, hija de Alonso de Aragón —Duque de Villahermosa— y, por tanto, sobrina segunda de Fernando el Católico. Francisco y Aldonza se habían casaron el 20 de marzo de 1504 y, de cuyo matrimonio nacieron cuatro hijos. Con ese matrimonio, Francisco obtuvo el Señorío de Gotor. Aldonza había muerto en el invierno de 1530, a causa de una peste que azotó las tierras de Gotor, llegada desde el norte.
Por su parte, Mateo se había casado en 1533 con Leonor de Gurrea, quién provenía de una prominente familia de rancio abolengo aragonés. Tuvieron tres hijos: Francisco (1535), nombrado así en honor a su abuelo, Gabriel (1537) y María (1539), quienes heredaron la curiosidad técnica que empezaba a ser el sello de los De la Fuente.
Antes que Mateo estaba Juan, nacido en 1505, el primogénito. Experto en leyes y en manejar los usos de los complicados fueros aragoneses, de carácter aristocrático y diestro en equitación y esgrima. Se casó en 1527 con Beatriz de Altarriba, quién pertenecía a una de las casas nobles más influyentes del reino de Aragón. De esa unión nacieron: Alonso (1529), Pedro (1531), Inés (1535), Blanca (1537) y Rodrigo (1539), quienes pasaban la mayor parte del tiempo en la casa familiar bajo la vigilancia de su abuelo Francisco.
Después de Mateo nació su hermana Isabel, nacida en 1510, inteligente y analítica, se casó con Diego de Heredia, un renombrado caballero de la Corona de Aragón, con quien tuvo a Lope (1534) y Teresa (1536) y, por último, la menor de las hermanas; Catalina. Nacida en 1513, siempre fue un torrente de curiosidad, estudiosa de las estrellas, los mapas y las leyendas de los viajeros. Se casó con Íñigo de Mendoza y Zúñiga en 1536, descendiente de la casa de los Mendoza. Su matrimonio representó una alianza de prestigio para la familia. Producto de ese matrimonio nacieron Juan (1537), Mencía (1539), Isabel (1541) y Sancho (1544).
Todos, a excepción de Aldonza e Isabel y Sancho —los hijos de Catalina que aún no habían nacido —, estaban presentes en los aposentos de Francisco aquella tarde cuando el frío había alcanzado su cenit.
Francisco yacía en su cómodo lecho de madera de pino que servía de base para un grueso acolchado de plumas de avestruz. Respiraba con dificultad; cada inhalación representaba un esfuerzo que levantaba su pecho y revelaba, en la cicatriz del rayo, ese brillo fantasmal que Mateo había notado.
Fray Martín administraba, en nombre de la congregación, un patrimonio considerable de tierras, viñedos y dehesas. Aquella riqueza no era suya ni podía disponer de ella como patrimonio personal: pertenecía corporativamente a la Iglesia y sostenía casas, obras, limosnas y obligaciones de la orden.
El Abad había conocido a Francisco diez años atrás tras la muerte de Aldonza, cuando Francisco planeaba un refugio seguro donde reposara su legado. Una tarde, se topó Fray Martín en una feria de Medina del Campo donde el "milagrero de los molinos" exhibía un ingenio de viento que movía una noria de cangilones. El fraile, entonces prior del Monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos), se había quedado horas observando el mecanismo, haciendo preguntas que otros no se atrevían a formular:
— ¿Cómo se os ocurrió semejante ingenio? —, había preguntado al final.
Francisco, que ya había aprendido a sortear ese tipo de preguntas, había respondido con una sonrisa entrenada:
—De la observación, padre Prior. De ver cómo fallan las cosas, preguntarse por qué e imaginar cómo solucionar el problema.
Aquella respuesta dio inicio a un largo diálogo que se prolongó mucho más allá del cierre del mercado. Al finalizar la jornada de la feria, cuando los mercaderes recogían sus bártulos y el bullicio de la plaza se apagaba, fray Martín invitó a Francisco a retirarse a las dependencias que su orden ocupaba en la villa. Fue allí, en el sosiego de un aposento privado y al amparo de la noche, donde compartieron el pan y conversaron durante largas horas. En la intimidad de aquel refugio descubrieron que los unía una misma pasión por el entendimiento del mundo. Entonces, entre planos dibujados a vuelapluma y debates teológicos sobre la naturaleza del ingenio humano, se forjó una sólida amistad o, cuando menos, el principio de una confianza mutua que el tiempo no haría más que consolidar.
Por eso, nueve años después de aquel encuentro en Medina del Campo, cuando Francisco se vio en la necesidad de ocultar algo que requería una custodia que no podía dar cualquiera, supo de inmediato que debía acudir a fray Martín.
Las horas pasaban en aquella cámara con un Francisco agonizante. Sus dos hijos varones —Juan y Mateo— a su lado, asistiendo a su padre. El físico de la corte ya había impartido las últimas sangrías y frotado sus ungüentos de hierbas en las palmas y las plantas de los pies. La estampa recordaba un cuadro extraído de una pintura flamenca sobria sobre la renuncia a las posesiones terrenales ante el desafío de la muerte. Sobre una mesa de caballete, junto a la cama, había tres objetos que Francisco había hecho traer esa misma mañana, arrastrándose desde el jergón para supervisar su colocación con una precisión que contradecía su debilidad.
El primero era una carta cerrada con instrucciones para sus hijos. Ese documento debía ser leído una vez que él cerrara los ojos por última vez.
El segundo objeto era un cofre de nogal pequeño, con herrajes de hierro forjado en forma de hojas de acanto. Contenía las escrituras de los talleres, los contratos con el Duque de Alba y los planos de las norias de Guadalcanal. Era parte de su legado visible, el que no necesitaba explicaciones.
El tercero era un sobre cerrado, pero sin lacre, donde Francisco había dejado instrucciones al Abad sobre lo que debía hacer apenas le dieran sagrada sepultura.
Francisco hizo un gesto débil hacia el sobre cerrado sin lacre. Su voz, cuando pudo articular palabras, fue un hilo de sonido que parecía provenir de muy lejos.
—El sobre —dijo, y tosió. Una tos seca y profunda que le sacudió todo el cuerpo y dejó gotitas de sangre oscura en el paño que Mateo le puso a los labios—. Es para Fray Martín, no para vosotros.
Mateo se inclinó hacia adelante, extendió su mano, grande y áspera —manos de artesano, iguales a las que Francisco había tenido en su juventud—en actitud de tomar el sobre de la mesa. Tranquilizando a su padre le dijo en un susurro:
—Está bien Padre. Acá está el Abad.
Tomó el sobre y buscó con la mirada a Fray Martín para entregarle el sobre. El Abad, con paso ceremonial, se fue haciendo espacio entre el tumulto para alcanzar el sobre de manos de Mateo.
Francisco cerró los ojos. Durante un largo momento pareció haberse dormido, o desvanecido. El silencio de la cámara se hizo tan denso que Juan, que estaba de pie junto a la ventana, pudo oír el zumbido de una mosca atrapada entre los barrotes. Luego, los párpados se abrieron de nuevo.
—Contiene —dijo Francisco— instrucciones, paso a paso.
Fray Martín le miró mientras hablaba. Guardó silencio e hizo una pequeña reverencia estrechando el sobre junto al crucifijo que colgaba de su cuello. Luego, dio un par de pasos deliberados, y se arrodilló junto a Francisco de manera que sus rostros quedaron a la misma altura.
—Maese Francisco, hace diez años ya que acudisteis a mí en busca de un favor. Por Dios os juro que así será y que todo lo que me habéis confiado estará a buen resguardo.
Francisco esbozó una sutil sonrisa y asintió, un movimiento mínimo que le costó trabajo. Fray Martín remató:
—Además, debéis saber que sabré instruir a mis sucesores sobre el asunto y que nadie, absolutamente nadie de los que vengan después de mí, fallarán sus cometidos. El Abad que me suceda en este conocimiento será elegido mí mismo, personalmente. Nadie que sea ajeno al Monasterio tocará lo que vos habéis sellado, hasta que el tiempo haya cumplido.
Francisco volvió a toser y dibujó otra sonrisa. Fray Martín permaneció inmóvil. Luego, con solemnidad extendió su mano derecha y colocó la palma sobre la cicatriz del pecho de Francisco. El contacto pareció producir una descarga: el Abad retiró la mano con un gesto involuntario.
—Juro —dijo Fray Martín— por Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, por la Virgen María, por nuestro santo padre Benito y todos los santos de su orden, que guardaré este secreto con mi vida y mi muerte. Que solo yo, o el Abad que yo designe con las mismas condiciones que ahora me imponéis, conoceremos el lugar exacto donde reposa el legado. Que no lo abriré en vida, ni permitiré que se abra, hasta que el día que vos habéis fijado haya cumplido.
Se volvió hacia Mateo y Juan.
—Y vosotros, hijos de este hombre, ¿juráis que no intentaréis conocer lo que no se os ha revelado? ¿Que no preguntaréis, no sobornaréis, no torturaréis a fraile alguno para arrancarle lo que no debería ser dicho?
Mateo, fue el primero en responder. Su voz, entrecortada por una emoción que no podía nombrar, dijo:
—Lo juro por Dios y por mi padre que respetaré su voluntad.
Juan, el jurista, no sabía en absoluto de lo que se hablaba. Dudó un instante, pero siempre había acatado y rendía obediencia a los designios de su padre.
—Así también lo Juro —dijo Juan, con voz segura—que respetaré la voluntad de mi padre.
Francisco cerró los ojos de nuevo. Cuando los abrió, había lágrimas en ellos, pero también una extraña paz, como si un peso invisible hubiera sido transferido a otros hombros.
—El cofre de nogal —dijo, cambiando de tema con una brusquedad que revelaba la urgencia del tiempo que le quedaba— es para Juan. Ahí están las escrituras de los talleres, los contratos, las tierras, aquí y en ultramar, los molinos. Todo lo que he construido... en este tiempo. Encargaos vos, hijo. Haced con ello lo que hice yo: mejoradlo, adaptadlo, acrecentadlo.
Francisco hizo una larga inspiración y continuó:
—Ahí también encontraréis mi testamento — velad por vuestro hermano y vuestras hermanas, en él expreso mis últimas voluntades.
La tos volvió a atacar con espasmos repetidos. Francisco se tardó unos segundos en subrayar lo que ya había dicho:
—Todo lo que tengo es vuestro. La tierra, los talleres, el buen nombre. Pero habréis de saber que existe un legado que reposa fuera de aquí —Miró a Mateo, el más parecido a él en espíritu—. En Valladolid, en San Benito, hay un pacto. Cuidad de ese monasterio. Protegedlo.
Juan, el práctico, frunció el ceño. Isabel y Catalina intercambiaron una mirada de preocupación. Sólo Mateo asintió lentamente.
—Descuidad Padre… haré vuestra voluntad, y así mis hijos y los hijos de mis hijos.
Francisco esbozó una expresión de alivio. Luego, dijo algo que Juan en ese momento no pudo entender.
—Juan, hijo mío. De antemano, perdonadme por el daño que os haya podido causar.
Juan le miró extrañado, sin comprender, pero tampoco queriendo que su padre siguiera esforzándose al hablar más de la cuenta:
—Nada he de perdonaros, padre —dijo despreocupado.
Lejos estaba Juan en ese momento de saber a lo que su padre se refería. No tardaría en averiguarlo. Francisco, hizo una pausa, señalando de nuevo el cofre que le había señalado a su hijo, añadió:
—También, dentro del cofre, hallaréis una carta de recomendación para el Marqués de los Vélez, para que os admita en su casa como escribano. He dejado para vos también una lista de nombres de la corte de Su Majestad Imperial que... que no son lo que parecen. Ahí os detallo cosas que pueden ser útiles, o peligrosas, dependiendo de cómo se manejen.
Juan palideció. Espetó una pregunta que jamás habría pensado hacer:
—Padre, ¿es que acaso espiáis para alguien?
—No —dijo Francisco, y una sombra de su antigua sonrisa —la sonrisa del bromista del imitador de acentos— cruzó su rostro demacrado—. Solo observé y tomé buena cuenta de ello como como hice en Inglaterra, como he hecho toda la vida. Vos, Juan, tenéis el seso para usar esta información sin que os consuma. Sois como vuestra madre. Como... —no terminó la frase.
Un silencio se instaló en la recámara. Afuera, a lo lejos se escuchó la campana de la iglesia de la hacienda, un doble tañido que marcaba el final de la tarde y el comienzo de la noche.
Francisco, latigado por la tos y la fiebre, sentía que tenía muchas cosas por decir, pero su cuerpo se resistía a acompañarlo. Entonces y, haciendo un gran esfuerzo en contra del consejo de su médico, intentó incorporarse para sentarse. Como pudo, se apoyó en las palmas contra el colchón e inclinó su cuerpo hacia adelante. Mateo lo ayudó a sentarse, acomodando las almohadas a su espalda para que tuviera más estabilidad.
Francisco buscó con la mirada a Isabel y a Catalina. Les extendió su mano para que ellas la tomaran. Isabel la tomó y Catalina, se apostó a su lado extendiendo la suya para coger a su vez la mano de su padre. Francisco les sonrió.
— Isabel. Mi querida hija. Sois la más parecida a vuestra madre. Siempre tan inteligente y hábil. Cuidad de los dineros de la hacienda, de los dividendos de las cosechas y de los réditos de los talleres. Sois la mejor administradora que conozco.
Isabel lo miró compasiva y con el corazón hecho pedazos. Su padre siempre fue su ejemplo a seguir, su constancia e ingenio fueron una verdadera inspiración para su vida. Le dijo con dulce voz.
—Padre amado. Perded cuidado. Sabremos honrar vuestra memoria a todas horas. Habéis sido el mejor de los padres y para los peones y trabajadores el mejor Señor.
Su esposo, Don Diego de Heredia, puso una de sus manos en el hombro de Isabel. Sus hijos Lope y Teresa se acercaron para abrazar a su madre y despedirse de su abuelo. Fueron al otro lado de la cama para tomar su otra mano y transmitirle su amor. Teresa lloraba, Lope tenía los ojos rojos. Su abuelo había sido el que les hacía reír imitando las voces de los capataces y de sus tíos y primos.
Catalina, la hija menor y cuyo nombre le había sido puesto en honor a Catalina de Aragón, aquella princesa que con valor estoico supo hacer frente a una corte tan ingrata, sin perder ni un ápice de su dignidad y alteza. Ella, soñadora y risueña desde niña, le dijo a su padre en sus últimas horas:
—Padre mío. Me siento tan bendecida por ser vuestra hija, por haber nacido de vos y llevar vuestra sangre que ahora llevan también vuestros nietos. Os adoro padre amado y tened por seguro que seré muy feliz, que todos vuestros desvelos darán sus frutos.
Francisco, al escucharla, sintió correr lágrimas espesas por sus ancianas mejillas. Aquella niña, de ojos vivaces y de imaginación inacabable era su punto débil. Se acercaron a su vera sus hijos, también su esposo, Íñigo. Francisco miró a sus yernos y se dirigió a ellos.
—Mis hijos, Íñigo y Diego. Os dejo mis más grandes tesoros. Cuidad de ellas y de mis nietos. Llevadlos siempre por el camino del bien y del servicio a la Corona.
Íñigo y Diego correspondieron a su vez tranquilizando a Francisco, jurando ante él que cuidarían de sus esposas y de sus hijos. Francisco sonrió complacido y, de repente, pidió a todos los presentes que salieran de la habitación.
—Disculpadme todos, pero necesito que salgáis por un momento. He de hablar con Mateo. Os ruego que nos dejéis a solas por un momento. No será mucho.
Todos comprendieron. Mateo siempre fue el más cercano a su padre y además era quién le ayudaba con sus necesidades y a asearlo. Poco a poco fueron saliendo de la habitación, algunos con la cabeza bajan y otros, los más jóvenes, con lágrimas en los ojos. El último en salir fue Fray Martín que, antes de cruzar el umbral, volteó a ver a Francisco con una mirada cómplice por unos segundos antes de cerrar la puerta. Mateo, una vez cerciorado de estar a solas con su padre se posó a su lado para escuchar lo que él tenía que decir.
—Hijo. Habéis de saber que en el sobre que dejé para vos hay instrucciones que debéis seguir, pero, quería deciros que, entre ellas, menciono un cofre de cuya existencia no conocéis y, que debéis custodiar… o destruir. Eso quedará a vuestro criterio.
Mateo, un poco confundido, hizo silencio para que el continuara.
—En la carta lo llamo “El cofre del palacete” —dijo finalmente en voz baja— la llave que lo abre reposa en el mismo sobre. Cuando lo abráis, encontraréis papeles con diseños, dibujos y un diario que debéis custodiar. Cosas que... estuve diseñando. Entre ellos, hay uno que debéis proteger con mucho celo. Se trata de un arma. —Tragó saliva, un sonido seco y doloroso—. Un arma que usa pólvora y dispara perdigones de forma repetida.
— ¿Se trata de un arcabuz acaso? — interrumpió Mateo confundido.
— No un arcabuz, es mucho peor. Es un arma que dispara muchas veces, repetido, como si cien arcabuces dispararan uno detrás del otro en menos de un minuto.
Mateo frunció el ceño. Su mente de ingeniero del renacimiento intentaba imaginar un mecanismo como ese.
—¿De qué se trata padre?
—En mi tiempo concebían ingenios de disparo continuo —dijo Francisco, buscando palabras que su hijo pudiera asimilar—. Máquinas capaces de escupir plomo de manera incesante, con una celeridad que dejaría obsoleta a toda la caballería de Europa. Pensad en su horror: un artefacto capaz de encadenar ráfagas de proyectiles con una cadencia que ningún arcabuz ni culebrina de este siglo puede siquiera soñar.
Mateo lo miró con una mezcla de asombro y curiosidad. Su padre, que siempre había inventado ingenios para facilitar las tareas para hacer harina, poner a funcionar moliendas o herramientas para los puertos, barcos y otros usos vitales en la economía, no alcanzaba siquiera a imaginar los motivos que lo llevarían a diseñar un arma con ese nivel de destrucción. Francisco, al notar la contrariedad en el rostro de Mateo continuó.
—Sí hijo, es un arma muy peligrosa. — cerró los ojos—. La diseñé hace años, pensando ofrecerla a su Majestad, el Rey Carlos. Su secretario y persona de mayor confianza, Francisco de los Cobos, me dijo que Su Majestad necesitaba algo que le hiciera ganar las guerras de Borgoña. Pensé... pensé que podía cambiar el curso de las batallas, que podía salvar vidas, o acabar con la guerra más rápido.
Mateo lo escuchaba, al tiempo que secaba el sudor de su frente con una compresa que humedecía y exprimía a medida que su padre le contaba.
—Pero luego pensé — se detuvo por un par de segundos — pensé en qué pasaría si esa arma caía en manos de los turcos, o de los franceses, o de cualquier príncipe ambicioso con suficiente oro para fabricarla en masa — suspiró — pensé en los campos de batalla, en los... —buscó la palabra, la encontró en un idioma que no podía pronunciar— en los campos de exterminio. En la posibilidad de que un solo hombre, con una sola arma, pudiera matar a cientos antes de que alguien pudiera acercarse a él.
Se acomodó ligeramente en el lecho, con un esfuerzo que le hizo jadear.
—Y entonces pensé en vosotros y en vuestros hijos, y entonces, supe que no era una buena idea. Esas armas llegarán algún día... —su voz se apagó—, mas no seremos nosotros quienes las apresuremos. Toda arma que un hombre entrega al mundo acaba, tarde o temprano, apuntando también contra la casa de quien la concibió.
Mateo, asombrado por esa revelación, pero, sin apenas procesar lo que oía, le preocupaba que su padre estuviera haciendo un esfuerzo que no le convenía. Le hizo señas para que su padre le dejara hablar.
—Padre, si el arma es tan poderosa, ¿no es deber de un súbdito leal ofrecerla a su rey? ¿No es la obligación del cristiano usar todos los medios para la victoria de la fe?
Francisco lo miró con una ternura infinita, mezclada con algo que podría haber sido lástima.
—Hijo mío, la fe no necesita de armas. Y la historia... la historia tiene su propio ritmo.
En ese instante, el dolor en su espalda adolorida le hizo urgente la necesidad de recostarse de nuevo. Se dejó caer. Mateo acomodó las almohadas.
—El diseño está en el cofre. Junto con otros... relojes, estructuras, planos de máquinas y artefactos que ya no recuerdo. Tal vez, muchas de esas cosas no las podréis entender, y que tal vez no podríais construir en este tiempo, y que nadie debería intentar construir hasta que el mundo esté listo. Por eso os digo, ya queda de vos si los guardáis bajo siete candados o los destruís. La decisión es vuestra.
Mateo sintió una opresión en el pecho. Su padre estaba hablando como un loco, o como un profeta. O como ambos a la vez, lo cual era peor.
—Padre —dijo, contrariado—, ¿de dónde vienen esos sueños? ¿Cómo es que vos, un artesano de Sevilla, podéis imaginar cosas que los más sabios ingenios de Europa no han construido ya?
Francisco no respondió directamente. En su lugar, extendió una mano maltratada por los años hacia el sobre con lacre que descansaba sobre la mesa.
—Ahí dentro —dijo— en el cofre, está la respuesta. O parte de ella. El resto... el resto se va conmigo. No lo sé ya. El tiempo se ha vuelto... se ha vuelto mi enemigo y mi mejor aliado.
La luz de la tarde había cambiado, volviéndose de un naranja intenso que se filtraba por la ventana alta del recinto y pintaba rectángulos dorados en el suelo de piedra. Francisco observó esos rectángulos con una atención que parecía absurda, como si fueran la cosa más importante del mundo.
Francisco hizo una larga expiración, lenta, profunda. Pasaron unos segundos antes de volver a inspirar aire. Abrió los ojos y le dijo:
—Sé que no me fallaréis. Sois mi sangre. Seréis mi mejor representación cuando me haya ido.
Francisco, sabiendo que le quedaba poco tiempo, recordó algo que no había alcanzado a guardar en el “Cofre del Palacete”. Entonces, le dijo a Mateo.
—Escuchadme bien, Mateo —continuó Francisco, interrumpido por su propia tos mientras deslizaba la mano bajo la almohada de plumas.
Sus dedos, extrajeron una pequeña bolsa de terciopelo oscuro. Al abrirla, la luz de las velas hizo destellar un reloj de bolsillo de plata sellada. La tapa lucía un delicado grabado artesanal y, en el reverso, una inscripción latina labrada con exquisita finura el lema de la familia «Fortis et Fidelis».
Mateo ahogó un gesto de asombro. Había visto relojes mecánicos en algunos campanarios y torres de iglesias, también relojes de sol, astrolabios y cuadrantes, pero jamás una pieza de orfebrería mecánica de dimensiones tan reducidas.
—Padre... ¿dónde se ha fabricado esta maravilla? —susurró Mateo, temiendo romperlo si lo tocaba.
—Fue encargado en Flandes y terminado por manos que trabajan piezas diminutas con una paciencia extraordinaria. Es caro, frágil y menos exacto de lo que a primera vista parece; pero para este tiempo es una maravilla. No lo toméis por una máquina imposible, hijo, sino por un símbolo que habrá de sobrevivirnos.
Francisco tomó la mano de su hijo y depositó la fría caja de plata en su palma.
—Es vuestra custodia y vuestra herencia personal. Habrá de pasar a vuestros descendientes, de padre a hijo, de custodio a custodio, a través de los siglos. Mientras su latido continúe, la promesa de la familia De la Fuente seguirá viva. Pero, habéis de saber algo más...
Francisco hizo una pausa, clavando sus ojos vidriosos en los de Mateo con intensidad.
—Debéis saber que este reloj es gemelo de otro que he depositado en el arcón que reposa sellado en la cripta de San Benito el Real de Valladolid. Son dos piezas idénticas, tal como las dos inmensas torres de cristal y acero en las que me gané el pan en mi otra vida... Este que os entrego habrá de viajar a la luz del día en las manos de vuestros descendientes. El otro, aguardará en la oscuridad del arcón. Solo cuando el plazo haya cumplido y ambas piezas vuelvan a estar juntas, el círculo se cerrará.
Mateo apretó el reloj contra su pecho, sintiendo a través de la plata el lejano e inexplicable tic-tac de sus engranajes internos. Asintió en silencio con los ojos empañados en lágrimas. Su padre sentía que su hora estaba llegando y que aquello era una despedida.
Francisco guardó silencio por unos segundos. Tosió levemente y luego le dijo a Mateo.
—Hijo. Llamad a Fray Martín. Que entre y vos salid. Necesito confesión.
Mateo, limpiando las lágrimas de su rostro y escondiendo el reloj, respondió.
—Así lo haré, padre.
Se volteó y de espaldas a Francisco, terminó de secar sus lágrimas. Era un momento muy duro e indescriptible que había temido pero que no había siquiera querido imaginar.
Tras salir Mateo, entró Fray Martín. Se acercó al costado de Francisco y tomó asiento en una silla que estaba dispuesta cerca de la cama.
—Fray Martín. El pacto de los Abades. Debe ser escrito. Debe haber un documento con instrucciones. La cadena de sucesión, cada Abad ha de designar a su sucesor personalmente antes de su muerte. Y el sucesor deberá jurará lo mismo que jurasteis vos. Y así, hasta que... hasta que llegue el día. Con el tiempo, aquella cadena quedaría dividida en tres niveles deliberadamente incompletos: el custodio de sangre conocería la historia familiar y las frases de reconocimiento; los custodios de GOTOR I y GOTOR II conocerían solo su pieza, su señal y las condiciones de entrega; el abad custodio sabría del mecanismo y del plazo, pero no del contenido íntegro de los arcones. Nadie, salvo el último eslabón cuando llegara la fecha, debía poseer por sí solo el mapa completo.
Fray Martín asintió mirándole compasivo y con una tristeza que era muy difícil de esconder.
—Será hecho, Maese Francisco. Os he dado mi palabra en juramento, ante vos y vuestra familia, pero por sobre todo ante Dios. Dispondré de un escribano y testigos. Pero el contenido del juramento será vago y sin muchas explicaciones sobre el detalle del legado.
—Bien —suspiró Francisco—. Bien. Así ha de ser.
Un nuevo acceso de tos lo dobló sobre sí mismo. La sangre que brotó chispeante fue abundante, manchando la sábana de un rojo oscuro que parecía negro a la luz del crepúsculo. Fray Martín lo sostuvo, sintiendo el cuerpo de Francisco convulsionarse.
— ¿Queréis confesión? — sugirió Fray Martín.
Francisco asintió y le hizo señas a Fray Martín para que se acercara. Puso su mano abierta junto a su boca e hizo una confesión secreta, susurrada y muy corta, de tan solo unas palabras, cerrando el relato de sus pecados con la frase: “me arrepiento y que Dios me perdone”.
El Abad, en honor a la amistad de tantos años y actuando bajo el secreto del pacto, decidió, por razones de fuerza, omitir la mera ortodoxia por pura complicidad. Se quedó en silencio por unos minutos, procesando lo que Francisco le había susurrado en confesión. Francisco, al notar el silencio de Fray Martín, le dijo, bromeando como pudo:
—Dadme la absolución Padre. Lo demás ya se lo diré a Dios personalmente.
Fray Martín, conmovido por la brevedad y el calibre de sus palabras, posó su mano sobre su frente y, sin penitencia, le dio la absolución:
—Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen. —«yo te absuelvo de todos tus pecados en el nombre del Padre, del hijo y del Espíritu Santo. Amen».
Acto seguido, Fray Martín administró la extremaunción. Besó la estola morada antes de ceñírsela al cuello, dispuso un crucifijo, dos velas de cera bendita y el pequeño vaso de plata con el Oleum Infirmorum, el Óleo de los Enfermos. «Pax huic domui», pronunció en voz baja. Luego impuso las manos sobre la cabeza de Francisco y, con el pulgar ungido, trazó las cruces rituales sobre ojos, oídos, nariz, labios y manos, pidiendo en latín el perdón por cuanto hubiera pecado mediante los sentidos. Francisco respondía apenas con un hilo de voz.
La ceremonia fue breve y solemne. Cuando terminó, el abad juntó las manos de Francisco sobre la marca del rayo y dejó entre ellas el crucifijo de madera. El rostro del moribundo pareció distenderse. Fray Martín recitó las últimas oraciones y guardó los objetos sagrados en silencio.
—Os lo agradezco Padre, de todo corazón; más, ahora —dijo Francisco, con una claridad repentina que a veces precede al final— es mi deseo que llaméis a todos. Ya lo hecho, hecho está.
El Abad caminó a la puerta y les comunicó a todos que ya podían entrar. De nuevo, la pieza se llenó de sus seres amados, bordeando la cama. La oscuridad ya era espesa dentro de la cámara y comenzaron a encender las velas y los candelabros. Íñigo notó que el fuego en la chimenea se empequeñecía y alimentó con leños para avivar el fuego.
Isabel tomó un rosario e invitó a sus hermanos y sobrinos a rezar un rosario. Todos asintieron y comenzaron a murmuras las oraciones mientras Francisco sentía que su cuerpo se relajaba. Su alma estaba partiendo, poco a poco, a medida que su familia pedía a Dios por su alma.
A las diez menos cuarto de la noche del 15 de marzo de 1540, una de las noches más frías de las que había registros en el palacete de Gotor, Francisco de la Fuente murió en paz, rodeado de sus hijos, yernos y nietos.
Sus últimos pensamientos, cuando la respiración se había reducido a un hilo de sonido y la visión se habían contraído a un túnel de oscuridad con un punto de luz al final, sintió presencias; escuchó la voz de María dándole las buenas noches, el zumbido del ventilador en el apartamento de Queens, la voz de Lucía cantando usando los audífonos del discman. Mateo —el otro Mateo, de diecisiete años, que no quería que su padre fuera conserje— contándole a su madre de los folletos universitarios.
Sintió que se elevaba, que el cuerpo inerte en el lecho de madera se quedaba abajo, pequeño e insignificante, mientras él ascendía hacia el techo de vigas, atravesaba la piedra caliza, emergía al aire nocturno del palacete. Vio las luces de la comarca —escasas, vacilantes, apenas un puñado de ventanas iluminadas en un océano de oscuridad— y luego más allá, mucho más allá, hacia un horizonte donde el cielo nocturno se curvaba; una luz, inmensa que le esperaba.
Solo supo, en el último instante de conciencia, que había dejado algo bueno, en ambos mundos y entonces sonrió y todo fue luz.
En el silencio que siguió, Mateo juró en su interior proteger el misterio. Fuera, sobre la puerta principal del palacete, el escudo de armas tallado —el árbol partido por el rayo, la fuente, las barras de Aragón— quedó como el único indicio público de la tormenta que había forjado al hombre que acababa de partir.
Dos días después, toda su familia, sus allegados, monjes, socios, trabajadores: capataces, obreros y servidores le mostraran sus respetos y fuera velado durante dos días y dos noches, Francisco de la Fuente fue enterrado junto a su mujer Aldonza en la cripta de la capilla de Gotor. En su lápida se podía leer su nombre junto al lema de su familia "Fortis et Fidelis" (Fuerte y Fiel).
Mateo no durmió aquella noche. Cuando el cuerpo de su padre fue llevado a la capilla para el velatorio, él se retiró a sus aposentos con el sobre lacrado que Francisco le había entregado, pero no lo abrió. Sintió que aún no era el momento, entonces esperó a que las campanas dejaran de doblar, a que los cirios del velorio se consumieran en la capilla, a que la casa se quedara en silencio como un recipiente vacío. Solo entonces, cuando la madrugada del 17 de marzo teñía de gris los muros del palacete, rompió el lacre con el cuchillo que solía llevar en el cinto.
La carta, escrita en la mano temblorosa de su padre —esa letra que había visto en miles de planos y contratos—, comenzaba sin preámbulos.
"Hijo. Si estáis leyendo esto, es porque ya he partido. No os pido lágrimas, pues ya las habréis derramado. Lo que reclamo de vos es acción."
Mateo leyó cada palabra con atención. Las instrucciones eran precisas: un cofre en el sótano, detrás de una losa suelta en la pared norte, bajo la bodega de vinos. La llave que abre el cofre está en el mismo sobre. Y una advertencia final, subrayada dos veces: "No lo abráis en presencia de nadie."
Cuando terminó de leer, dobló la carta con cuidado y la guardó en el jubón. Bajó las escaleras de caracol que comunicaban la planta noble con las bodegas, con mucho cuidado. Mateo había estado miles de veces en ese lugar, desde muy joven cuando buscaba las botellas de vino para su padre y o sus invitados. Ahora, el aire del sótano era otro mundo: denso, terroso, impregnado del olor a barrica de roble, Mateo se sentía como si estuviera en un lugar desconocido. Las bodegas de Gotor eran famosas desde tiempos de los moros, excavadas en la roca caliza, sostenidas por arcos de ladrillo que el tiempo había cubierto de una costra blanquecina de salitre.
Encontró la losa sin dificultad —su padre la había marcado con un pequeño surco en la argamasa, invisible para quien no supiera mirar—. Tras ella, hueco en la pared, yacía el cofre.
Era un arcón de roble oscuro, reforzado con bandas de hierro que no mostraban señal de herrumbre, como si alguien los hubiera frotado con aceite cada mes. Medía poco más de un codo de largo y dos palmos de alto. Las bisagras de bronce, tenían una forma extraña que Mateo no supo reconocer, eran algo más elaborado, con un mecanismo de cierre que parecía exigir una combinación específica. En la tapa, grabado con fuego en la madera, estaba el árbol partido por el rayo, el emblema de los De la Fuente.
La llave estaba en el sobre, como le había dicho su padre. La sacó y la introdujo y la giró. Escuchó un chasquido seco, y luego otro, como si algo dentro del mecanismo se deslizara. La tapa se abrió con un suspiro de aire con olor a pergamino.
Dentro, envuelto en paños de lino, yacía un mundo extraño para Mateo, eran los secretos de su difunto padre. Pronto descubriría, sin embargo, que su padre no le había dejado manuales completos. En casi todos los diseños faltaban medidas, composiciones o pasos esenciales. Algunas cotas habían sido tachadas con tinta; otras remitían a materiales que ningún mercader conocía. Francisco había querido conservar la idea, no entregar al siglo XVI una fábrica del futuro.
El primer objeto que extrajo fue un ingenio mecánico de bronce y madera de boj, un cilindro estriado con una recámara rotativa de alimentación secuencial y un cerrojo de percusión múltiple. Ciertamente, aquello no era un arcabuz ordinario; era una maqueta conceptual, labrada a mano con precisión de relojero, que materializaba la idea de un cañón de órganos compacto accionado por manivela. Junto a él, un dibujo sobre pergamino mostraba el mecanismo teórico completo, acompañado de bocetos futuristas y anotaciones con términos incomprensibles para el siglo XVI —retroceso por gases, cargador continuo, cadencia automática—. En el margen, una advertencia de su padre: «La industria de vuestro siglo no sabrá forjar los aceros templados que esto exige, y es mejor que así sea: el mundo no está listo para la carnicería automática».
Había más. Mucho más.
Una serie de planos enrollados, atados con cintas de seda, mostraban ideas que Mateo apenas podía interpretar. No eran proyectos listos para construir, sino esquemas deliberadamente incompletos: mecanismos de bombeo, transmisiones por engranajes, principios de cálculo y estructuras que exigían metales, sellos, vidrios o precisiones todavía inalcanzables. En los márgenes, Francisco había escrito advertencias para su hijo: «No completéis lo que vuestro tiempo no pueda comprender» y «si para hacerlo hubiere que inventar antes diez oficios, dejadlo dormir». El cofre era una biblioteca de posibilidades y límites, no un catálogo de armas para alterar la historia.
Mateo sintió temblar sus piernas. Aquello era mucha información para poderla procesar tan rápido. Su padre, efectivamente había venido de una grieta en el tiempo. Francisco, su padre, muchas veces le dijo que él venía de muy lejos, que él tenía otro hermano llamado Mateo, como él, que no conocía y que nunca podría conocerle porque estaba muy lejos… aquello siempre le pareció en parte cuento y en parte los achaques propios de su edad.
Encontró también un cuaderno de piel, con páginas amarillentas llenas de la letra de Francisco. Estas hojas no contenían planos, eran fragmentos de una vida que no había vivido en Castilla: "El apartamento en Queens, con el ventilador de techo que no paraba en verano". "La llamada de María desde el hospital, diciendo que el bebé venía". "El día en que el rayo lo alcanzó en la Torre Norte del World Trade Center". Mateo no entendía nada de aquello. Queens, María, Torre Norte—eran palabras sin referencia, como nombres de santos de una religión desconocida.
Pero, en la carta que estaba en el sobre lacrado para él, en letra clara y firme, había una instrucción que sí entendió:
"Amado hijo, lo que veréis en esos diagramas y en el modelo que hallaréis en el cofre es un arma de otro tiempo. No los mostréis. Guardadlos como se guarda una semilla en invierno: en oscuridad, en silencio, esperando la primavera que vendrá, o que no vendrá. El mundo no está listo."
Mateo permaneció en el sótano hasta que la vela prácticamente se consumió. Luego, con las manos que temblaban apenas, volvió a colocar todo en el cofre: los planos, el cilindro de metal, el cuaderno de memorias imposibles. Cerró la tapa. La llave giró con un sonido definitivo. Había muchas otras cosas que no alcanzó a ver. Lo haría luego, con más detenimiento.
Mientras Mateo descendía al sótano, Juan se encerró en la biblioteca con un escribano y el testamento de su padre. Era un documento extenso, meticuloso, redactado con la precisión del jurista que Francisco había aprendido en las complicadas conversaciones de Inglaterra y en su formación como escribano y notario. Las tierras, los talleres, los molinos, las deudas, los créditos —todo estaba dispuesto con una claridad que facilitaba la sucesión.
Juan trabajó con la eficiencia que le caracterizaba. Dictó cartas a los notarios de Valladolid y Medina del Campo. Hizo inventario de los bienes muebles. Envió un correo —uno de los jinetes de posta que la familia mantenía para sus negocios— al Marqués de los Vélez con la carta de recomendación que su padre le había extendido. Todo marchaba con la regularidad de un mecanismo de reloj.
Hasta que llegó a la cláusula duodécima.
Estaba al final del documento, casi como una postdata, escrita en una letra más temblorosa que el resto, como si Francisco la hubiera añadido en un momento de debilidad o de absoluta certeza. Juan la leyó una vez. Luego otra. Luego la leyó en voz alta, como si las palabras, pronunciadas, pudieran cobrar sentido que la lectura silenciosa les negaba.
"Item. Que el título de Señor de Gotor, que por gracia de Sus Católicas Majestades el Rey Fernando y la Serenísima Reina Isabel, me fue concedido y que a la fecha ostento, quede desde este momento en “vacancia voluntaria y reserva”, conforme a la práctica del derecho nobiliario de estos reinos. Que dicha vacancia no podrá ser reclamada sino por Don Mateo José Fuentes Fernández, descendiente de mi linaje, posterior al día once de septiembre del año del Señor de dos mil y uno. Que, hasta entonces, el título permanecerá suspendido, sin sucesión posible entre las generaciones intermedias, y que quienes me sucedan en la administración de los bienes de la casa serán conocidos como Señores de Gotor de facto, pero no de iure, careciendo de la jurisdicción señorial plena que solo podrá ejercer el heredero que cumpla las condiciones aquí estipuladas."
Juan dejó el pergamino sobre la mesa. El escribano, un hombre de rostro cetrino llamado Alonso de la Torre, lo miró con la cautela de quien presencia un accidente y no sabe si debe intervenir.
—Señor —dijo Alonso, con voz quebrada—, ¿deseáis que continúe con la copia?
Juan no respondió. Sentía algo caliente en el pecho, una presión que ascendía desde el estómago hasta la garganta, como si le hubieran colocado una piedra ardiente en las entrañas. Rabia. Rabia pura, ciega, irracional.
Él, Juan, el primogénito, el jurista de Salamanca, el experto en fueros, el que había administrado los bienes de Gotor durante las ausencias de su padre, esposo de Beatriz de Altarriba—él no heredaría el título. No. Su padre había colocado el título en una especie de limbo legal, una jaula de cristal donde permanecería inalcanzable durante nada más y nada menos que 461 años, hasta que un hombre con un nombre, sin nobleza ni apellido regio y en una fecha que no tenía sentido, decidiera reclamarlo. Mateo José Fuentes Fernández. Después del 11 de septiembre de 2001.
Juan se levantó. Caminó hasta la ventana. Afuera, el jardín del palacete se extendía bajo el sol pálido de marzo, los setos recortados con geometría militar, los rosaledos que su madre había plantado. Todo eso era suyo, pero no sería suyo. Administraría, gobernaría, sería conocido como el Señor de Gotor —pero en el pergamino, en la letra seca del derecho, el título estaría vacío, esperando a un fantasma.
— ¿Señor? —insistió Alonso.
—Continúe —dijo Juan, y su voz sonó extraña, como si perteneciera a otro hombre.
Se quedó en la ventana largo rato, después de que el escribano se retirara. La rabia se enfrió lentamente, como el hierro forjado que se sumerge en agua, dejando una dureza distinta. Dudas. ¿Había enfermado su padre de la mente en los últimos años? ¿Era esto obra de alguna influencia, de Mateo quizás, que siempre había sido el preferido?
Pero no. Él conocía a su padre. Francisco no era un hombre que enfermara de la mente y escribiera locuras en un texto legal y refrendado por la Corona. Era un hombre que sabía cosas que nadie sabía o nadie había sabido ver, que construía lo imposible con piezas ingeniosas, que hablaba en sueños con voces de otros tiempos. Si había hecho esto, había una razón; una razón que Juan no comprendía, pero que, como todo en la vida de Francisco, respondía a una lógica oculta, profunda, ineludible.
Juan, que había jurado respetar la voluntad de su padre, que había jurado obedecer, que había sido educado en la obediencia como en la fe, sintió que la rabia se convertía en resignación, y la resignación en deber. Acataría. Como siempre.
Cumplidos los siete días después del entierro de Francisco. El Abad Fray Martín ofició una misa solemne. Los campesinos de la hacienda se arrodillaron en el pórtico. Los nobles de la comarca enviaron sus representaciones. Y cuando todos se retiraron, cuando el sol de la tarde comenzó a alargar las sombras de los cipreses del mausoleo. Mateo se quedó solo.
La cripta era un espacio bajo, abovedado, con nichos en las paredes donde yacían los restos de generaciones de la rama familiar de su madre, los Aragón, los Villahermosa y ahora, su padre, el primer “De la Fuente y de Aragón”. En el centro, sobre una losa nueva todavía húmeda de cal, estaba la inscripción: "Francisco de la Fuente. Fortis et Fidelis. 1461–1540". Junto a él, la losa de Aldonza, ya desgastada por los años, con el escudo de Aragón casi borrado. El 1461 grabado en la piedra no era su nacimiento verdadero, sino la fecha oficial que Francisco había hecho constar en los registros de su nueva vida para que su edad aparente encajara con la cronología del reino. Su nacimiento real, imposible de consignar allí, había ocurrido el 14 de marzo de 1962 en San Juan de Puerto Rico.
Mateo se arrodilló. Puso una mano sobre la piedra fría de su padre. En el silencio de la cripta, con el olor a sahumerio y humedad, habló en voz baja, como si Francisco pudiera oírlo desde algún lugar donde el tiempo no tuviera sentido.
—Padre. He leído vuestra carta. He visto el cofre. He visto... cosas que no entiendo. —Hizo una pausa. La vela que sostenía en la otra mano temblaba, proyectando sombras danzantes en las bóvedas—. He decidido que no destruiré nada. Guardaré los planos, los modelos, los sueños de ese que llamáis vuestro “mundo o vida anterior”. Los sellaré con mi vida, como sellasteis vos el pacto con Fray Martín. Mis hijos, y los hijos de mis hijos, sabrán que hay una semilla que no debe germinar hasta que el tiempo esté maduro.
Se inclinó y besó la losa.
—Cumpliré vuestra voluntad, padre. En esto, y en todo. Que Dios me ayude. Lo haré. Por vos. Por nosotros. Por lo que fuisteis, y por lo que sois ahora, donde quiera que estéis.
Se levantó. Antes de salir de la cripta, Mateo se volvió una última vez hacia las losas gemelas.
—Descansad en paz, padre. Descansad, madre. El legado está a salvo.
Y salió a la luz del crepúsculo, donde los cipreses se alzaban como centinelas contra un cielo que comenzaba a teñirse de púrpura. El frío de marzo persistía, pero algo había cambiado en el aire, una quietud renovada, como si la tierra hubiera exhalado tras la partida de aquel hombre que no pertenecía a ese tiempo.
En el palacete, arriba, en la biblioteca, Juan guardaba el testamento en el arcón de los documentos de la casa. En el sótano, el cofre de roble esperaba en la oscuridad, lleno de futuros imposibles. En el monasterio de San Benito el Real, Fray Martín redactaba el Pacto de los Abades, sellando con su pluma una cadena de silencios que perduraría siglos. Y con ella las llaves de Gotor, las llaves del legado de un hombre venido de otro tiempo, de otro mundo.
Ha finalizado el Capítulo 1: El Testamento (1540)
Ha concluido la lectura completa del primer capítulo de Los Hijos del Rayo. ¿Cómo sobrevivió el secreto del doble arcón y las dos llaves de Gotor a través de cinco siglos de Inquisición, desamortizaciones y guerras civiles? Continúe la saga en la edición oficial de Amazon KDP.
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